14.6.11

Las Páginas de Malika (I)

Comienza con este artículo una nueva colaboración, la del arquitecto gallego  Carlos Pita , en la sección "Sub_Follies". En las mismas proporciones gamberro y evocador, nos invita a entrar en esta narración en formato de correspondencia para introducirnos en los textos transcritos por Malika, un cambio de ritmo en la reflexión desarrollada en Subterritorios.net que promete buenos momentos de lectura.



Saludos, Carlos:

Como te conté la otra noche, hace unos meses un viejo amigo de la familia, un tipo realmente particular, me envió una  gastada carpeta de cartón repleta de hojas cuadriculadas donde su asistenta , Malika, una señora argelina, fue escribiendo, con áspera caligrafía, diversos textos que ella utilizaba, es un suponer porque no está claro las motivaciones que le llevaron a copiar páginas y páginas, como ejercicios para ir aprendiendo mejor el español. Ya te digo. No creo que esta fuese la razón final, pero…

Don Xabier, el Don es ineludible cuando pienso en él, indisociable de su persona, fué el último de una legendaria estirpe de nobles gallegos. Muchas son las historias que podría narrarte de sus antepasados o de él mismo. Historias todas ellas que  Don Xabier me contó siempre ante una botella de Jonnhy Walker que se hacía traer directamente de Escocia. No le valía otro. Ni otro whisky ni otra agua que no fuese la de su fuente.” Ves, lo que yo te diga, es treméndamente diurética” apostillaba con una sonrisa cada vez que nos levantábamos a orinar en aquellas veladas sin fin pasadas en el pazo familiar. Un tipo entrañable. Un golfo, un bon vivant. Alguien que contagiaba ganas de comerse la vida a mordiscos y bebérsela a tragos, eso sí, siempre a poder ser con el agua “ tremendamente diurética” de su fuente.

Don Xabier en su juventud, errática, casi bohemia, viajó todo lo que pudo y supo acabando su vida de trotamundos(tenía fotos donde su aspecto era talmente el de un vagabundo, el de un clochard, pero que desprendían esa elegancia tan propia que mantuvo hasta el día de su muerte) cuando entró, como lector de español de la universidad de Cambridge. No me preguntes como lo hizo, nunca me habló de ello, pero de lo que sí estoy seguro es de que estuvo en el claustro de esa universidad británica algo más de 20 años. Volvió a Galicia cuando todos sus hermanos murieron, en una sucesión de desgracias en las que prefiero no detenerme. Pero al sentirse el último de su familia, de su casta, y heredar todos los títulos que antes había despreciado, volvió a su tierra. Ya te digo, la historia de Don Xabier nos ocuparía demasiado tiempo y yo quedé solamente en enviarte los escritos que se encontró en la carpeta de Malika, la que fue su asistenta durante años.

Don Xabier siempre fue un lector voraz, al igual que Borges presumía de ser ante todo lector. Decía que era lo que mejor sabía hacer, leer. Sus intereses eran enciclopédicos, igual leía manuales de botánica, que poesía trovadoresca, que novelas del inspector Maigret. Era un hombre culto. Tal vez el último hombre culto que he conocido. Hoy el mundo padece de minifundio cultural, te puedes encontrar, y tú lo sabes, médicos que solo saben de cuatro terminaciones nerviosas, pintores a los que no les preguntes  por quien fue Giorgione, o  arquitectos que se saben lo último que proyectó un mediocre arquitecto escandinavo publicado en alguna de esas revistas boutique o  en cualquiera de esos blogs prêt à porter con caducidad garantizada para la próxima temporada de primavera verano pero que en su vida han leído a  Alberti, ni visitado sus obras, tampoco las del mediocre escandinavo, o ni siquiera saben de Madame Bovary…, bueno, igual sí, porque leyeron algo apresuradamente en el semanal de El País. Cuanto reductor especialista nos rodea. Nos domina un mundo de lectura en diagonal que padece del mal de lo estrictamente periodístico. Don Xabier era todo lo contrario, discutía sobre Borromini lo mismo que sobre Oppenheimer ,o se emocionaba tatareando los últimos cuartetos de cuerda de Janacek relacionándolos con la obra final de Picasso y la Europa después de Churchill…,y por el medio era capaz de enumerar todas las flores, árboles y plantas que habitaban su jardín, cuando no los nombres de los cuantiosos insectos extinguidos en los últimos 40 años.

Disculpa, me estoy enrollando demasiado, pero es que es recordar a Don Xabier…. Al grano, como te conté, esta carpeta la encontró tiempo después de que Malika, sin saber cómo ni porqué, abandonase el pazo. Nunca se supo nada más  de ella. Realmente como vino se fue. Siempre había sido una mujer reservada, misteriosa. Don Xabier la llamaba ”a miña meiga do deserto”, que más o menos, viene a decir, mi bruja del desierto.

Don Xabier vivía de noche, se levantaba a eso de las 8 de la tarde, acudía a la misa que se celebraba puntualmente en la capilla familiar de San Xiao todos los días a las 20:30, acompañado de su fiel Antonio, una especie de anarquista vestido de librea ( parece ser que estuvo en los inicios de los GRAPO, en el Vigo de la dictadura del general ese de Ferrol. Otro misterio)que conducía una vespa destartalada en la que se montaban los dos, no solo para ir a misa, también hacían “batidas donjuanescas”, así llamadas por ellos, por las parroquias cercanas… y no tan cercanas. A la vuelta de la iglesia cenaba, casi su única comida de la jornada, después, cuando no  recibía, lo cual no era extraño, se pasaba el resto de la noche leyendo y revolviendo su biblioteca. Leía incesantemente, un lector muy curioso, aunque en los últimos años  disfrutaba mintiendo, le gustaba mantener una pose a lo Pla, de payés, de campesino de vuelta de todo, y decía que ya solo releía la Biblia , el Quijote y, como buen monárquico, el ABC, “ por supùesto”… Lo estoy viendo soltar ese “por supuesto “ con una mirada irónica como pocas he visto. Presumía de que su retranca gallega se había fortalecido con 20 años de vida académica en Cambridge. “Una mezcla explosiva, Carliños...” y me guiñaba un ojo.

Un día me habló de los textos de Malika. Parece ser que cuando, al amanecer, él se retiraba a cama, Malika entraba a poner orden en su despacho. Un orden de aquella manera suya de recalcitrante misógino, un “desorden” que Malika había sabido interpretar como quien sabe descifrar  el mapa de un tesoro. Porque la biblioteca de don Xabier era un verdadero tesoro, lo podías encontrar todo y ,sorprendentemente, todavía más. Los libros invadían no solo las estanterías, anaqueles y armarios del pazo, sino que se esparcían por los suelos de las salas, de los pasillos, de los dormitorios; ahora ya casi siempre desocupados, apenas utilizados salvo cuando nos pasábamos de copas y nos veíamos obligados por el exceso de alcohol a hacer noche, día, mejor dicho, en el pazo. Y a las ocho de la tarde vuelta a empezar, misa, cena, Jonnhy Walker escocés con agua de la fuente y la conversación siempre desbordantemente grata que se desplegaba con un delta desde la excusa más idiota leida en el Abc, “ por supuesto”, o de cualquier mestiza procedencia.

Malika fue la guardiana de ese tesoro. “Nunca sabré- me dijo una vez Don Xabier- de donde le vino esa afición casi devota por los libros”. Malika los cuidaba como si fuesen sus criaturas, lo que le hacía recordar aquella anécdota que se cuenta de Don Alvaro Cunquiero: parece ser que cuando el de Mondoñedo por fin llegaba a casa después de una agotadora jornada de trabajo en el periódico, después de haberse reunido con sabe Dios cuanta gente, se iba directo a su biblioteca y mirando a los libros exclamaba satisfecho: “por fin entre personas”.

Malika se convirtió en la guardesa de la biblioteca, su particular Cerbero. No sabemos como ella un día empezó a copiar las páginas de los libros que quedaban abiertos sobre la sólida mesa de carballo, de roble, después de una noche de lectura. Todas las mañanas, Malika, copiaba alguna de estas páginas. Aparentemente sin un orden , sin un fin claro. Simplemente copiaba las páginas que amanecían abiertas sobre a mesa del despacho de Don Xabier

Estas son la páginas que te envío. No tienen numeración, ni fecha, son un conjunto de folios escritos por delante y por detrás, en una letra pequeña, muy pequeña, que puede hacernos recordar las páginas redactadas en el hospital por Robert Walser, pero sin llegar a ser una caligrafía obsesivamente diminuta. Es ínfima pero perfectamente legible.

Estoy tratando de encontrarle un orden, un sentido, pero si te soy sincero no creo que seamos capaces de encontrarlo. Como ves ya te sumo a la labor casi detectivesca de encontrarle un hilo argumental o de  cualquier otro tipo a este conjunto de textos inconexos.

Te los voy a ir mandando uno a uno por si te interesa incluirlos en tu blog. Y a ver si entre todos , ya estoy pensando en los lectores del blog, podemos atisbar un rastro, una señal que nos oriente en la búsqueda de encontrarle algún sentido, tal vez cabalístico, a esta colección de textos. Hay días en que parece que llego a ver alguna luz, pero de verdad, no soy capaz. Espero que forzándonos a publicarlos, a hacerlos públicos, podamos resolver este misterio, por lo menos lo fue para don Xabier y ahora lo es para mi, este jeroglífico que nos dejó Malika en forma de hojas y hojas escritas a mano. Siempre utilizando un “pilot” color sepia.

Este que te envío a continuación es el primer texto que apareció cuando abrí la carpeta. Ya te digo, no creo que fuese el primer texto copiado por Malika, las fechas de la publicación del libro así lo demuestran, lo cual me hace pensar que los textos no se guardaron por orden de copia, sino por otro todavía oscuro para mi.

Bueno, Carliños, te dejo con la primera página de Malika. Dentro de poco te enviaré otra, si te parece oportuno.

Un abrazo de oso

Carlos Pita



“Y es en esos momentos en los que me doy cuenta: nada vive tan intensamente como el tiempo detenido; porque no son las personas que corren, los objetos que caen, las voces que resuenan, las que hacen la vida: esas son imitaciones inexactas de la vida. La vida es una e inmóvil, igual a sí misma desde siempre; la vida es otra cosa.

No pienso en nada especial, allá, frente al mar, ni siento reclamos o murmullos antiguos a mis espaldas: no soy un visionario y todo el esplendor de mármoles levantados vaya usted a saber por quién, está totalmente enmudecido. Sin embargo, aquel mundo sepultado da una sensación que no tiene nada que ver con la cultura: yo no soy culto. Es una sensación, justamente, o un sentimiento, quizá: el sentimiento del tiempo, de instantes sobre instantes, por siglos, que fueron necesarios para edificar esas casas, esas calles, y para levantar esas columnas tan sobrias, tan compactas, sin adornos, tan dóricas y luego para añadirles los arquitrabes. Debió de haber una convicción inquebrantable en quien construía. No era sólo para estar cubiertos, para guarecerse de la lluvia: en ellos debió de haber la certeza absoluta de ser algo, más que el día que pasa, más que los años y más allá del tiempo.

Pammilos, que hace dos mil seiscientos años fundó Selinunte, no arrastraba tras de sí sólo un rebaño de agricultores prófugos de Megara y Blea. Si así hubiera sido, habría sido campesino, pastor, y habrían sido suficientes establos y cabañas.

A veces trato de imaginarme a este Pammilos, el creador, el fundador que de punta en blanco da un salto y dice: “Atentos, nos vamos de aquí”, y luego kilómetros y kilómetros por una Sicilia en la que había solo gatos y perros vagabundos, a pie, que no tenía barcos, para llegar aquí, entre dos ríos donde no crecía más que perejil y salvaje, “selinon”, bañado por el(s)helios, el sol, como me enseñaron en el colegio. Construyeron una ciudad ancha y alta como el espacio y el tiempo, para hacer confluir en todos los puntos posibles la presencia de un Dios e imitar una eternidad, sin detenerse nunca, sin desfallecer, sin interrumpir nunca las obras, los transportes, los planos de construcción que no acaban nunca: todo tan lento, exasperante. Pero Pammilos tenía la mirada puesta más allá de la última piedra, en aquello que sería Selinunte, no para sí mismo y ni siquiera para los hijos, no, no por tan poco.

¿Pero como serían de largos entonces los instantes? Mucho, mucho más que ahora. ¿Y los días? ¿Y los meses? Dios, qué pesado, agobiante, debía ser continuamente el tiempo: algo físico, palpable como el viento y el agua en la monotonía de los mismos gestos repetidos durante horas, de las infinitamente pocas cosas que se lograban hacer.

Sin embargo, todo estaba conectado con todo: un barco que llegaba con la ofrenda que se entregaba; la fuerza de recorrer los campos desde el amanecer hasta el anochecer con la temerosa incertidumbre de los caprichos divinos. Y sobre todo, el instinto, fuerte como el deber de dejar huella. Y entonces no sólo calles, no sólo templos o plazas o puertos, construidos apresuradamente, tal y como salieran, que al fin y al cabo bastaba con caminar, fingir que se rezaba, navegar ,conversar sobre trigo y tiranos.No, era necesaria una huella, la belleza quizá.

Belleza, simetría, armonía, medidas de la inteligencia y del corazón. Imagino a Pammilos pensando para sí: “Resultará así, será así esta templo; ahora no es, ahora todavía no es, pero será así “; sonreír sin duda en su corazón por levantarlo a los dioses, sin saber que lo está construyendo para los hombres y que es para su soledad para lo que se convierte en una obra maestra.” 


“El librero de Selinunte” Roberto Vecchioni,2007.