4.7.11

Las Páginas de Malika (IV)

Cuarto capítulo de las Páginas de Malika, de Carlos Pita.


Saludos, Carlos

De nuevo una nueva página de Malika. Bueno, más bien dos nuevas páginas aunque una no la trascribió ella.

Te cuento. Estuve la tarde de San Juan, (tarde resacosa y soleada tras la noche, porque en A Coruña la de san Juan es LA NOCHE, sin más, la del sueño de Shakespeare) ordenando y numerando las páginas. Tuve quien me ayudase, cosas del San Xoan…. Hay 479 (que ecos te trae este número?) en su mayoría escritas por delante y por detrás. Los diversos textos como agolpándose, solapándose. Una gran parte están demasiado fragmentados, no dejé de acordarme de Borroughs y su técnica del cutting mientras intentaba seleccionar alguna de estas página para enviártela a esta cita semanal que nos hemos impuesto. Un poco de disciplina no nos viene nada mal, que nos conocemos. Ya te contaré en otro momento la clasificación de textos que hemos hecho. He abandonado, no sé si del todo, el inicial intento de encontrarle un incierto orden premeditado por “a nosa meiga do deserto”.

Pero hoy, mientras caminaba hacia la Mina, venía pensando en  Agustín García Calvo. Como ya te conté en otra carta, desde el 15 de mayo se acerca por la Puerta del Sol a hablar a quien quiera escucharlo (si quieres puedes leer sus palabras en www.editoriallucina.es. Dale las gracias a Xoan Mosquera que fue quien me envió el link).

Pero para mi, fundamentalmente, pensar en García Calvo es pensar, con gratitud, en su traducción de la Ilíada. Y de ahí, no es extraño con la intersección de las concentraciones de los indignados (no me gusta nada esta palabra. El panfleto del francés me parece muy flojo, si me apuras despreciable por ocultar verdades a conciencia, no así la introducción de Sampedro, muy por encima del bajo nivel del texto al que precede, por lo que adoptar este nombre de ”marca”, periodístico, me inquieta bastante) y de los disturbios de estos días en las calles de Atenas, que me decidí a enviarte hoy la página de “El Coloso de Marusi” que Malika trascribió “para nosotros”. Cuando el viernes de San Xoan  la releí, la sensualidad enardecida de la prosa de  Henry Miller volvió a entusiasmarme y a hacerme revolver contra tanto comentario despreciativo y perdona vidas que estos días sufrimos sobre Grecia, contra la sufrida Grecia.


Justo hace un año a estas mismas horas en que te escribo me encontraba regresando a Delphos. Escribo regresando porque aunque era la primera vez que pisaba sus piedras tuve la sensación de volver a un sitio que me pertenecía, es más, al que yo pertenecía . Mirando al valle que se extiende a sus pies deslizándose hacia el mar, entendí perfectamente porque los griegos lo consideraron el Omphalos, el ombligo del mundo. 

Era una tarde lluviosa, los turistas debían de estar refugiados a cubierto, con lo que apenas éramos tres los que nos encontramos visitando el lugar. Me gusta creer que tres nuevos peregrinos.

La poderosa magia del lugar, al ser disfrutada en soledad, me envolvió irremediablemente. Fue una iluminación. 

Llevaba de compañero de viaje al Coloso. Don Xavier  describía a este libro, casi con las mismas palabras que le dedicó Brassaï*1, como la obra maestra de Miller, que por otra parte consideraba su mejor libro, pero por encima de todo como fuente de alegría (contagiosa, te lo aseguro)de la que nace una sensación de eternidad que invade el alma.
Fueron muchas las veladas donde pude escuchar a un Don Xavier, absolutamente arrebatador, hablar y hablar de  Miller , de este libro y de Grecia, de sus paisajes, de su gente, de las noches en el Peloponeso, de sus conquistas en Cabo Sunion, de su pasión por el arte de las Cicladas, por la  música rebética, por el ouzo*2 , por Fidias y Lord Byron muriendo en sus playas y de Bizancio… Para él, probablemente igual que para Miller, la civilización griega representaba el polo opuesto de la vida moderna, deshumanizada y destructora de los instintos vitales. Esta última frase es casi una cita literal, cuando menos una paráfrasis. 

Hoy no me siento capaz de reproducir en esta carta que te escribo ni el lirismo , ni la magnificencia del verbo de Don Xavier y aun mucho menos del amante de Anaïs Nim (por no repetir Henry Miller mira que tonterías hay que escribir, olvídate de lo del amante, lee: Henry Miller); por lo que si me lo permites haré como Malika y te trascribiré una página de El Coloso que he seleccionado. Espero que la disfrutes. Es sobre Epidauro (“No había conocido jamás lo que era la paz hasta que llegué a Epidauro” escribió Miller). La que encontré en la carpeta de las páginas de la argelina es sobre Micenas. Sobre la Tumba de Agamenón o Tesoro de Atreo.

Si alguna vez, si tuviese que escoger una sola vez, una sola obra de arquitectura, en la que la fuerza del lugar , de la construcción hecha por los hombres me ha dejado sin palabras y como a dos pulgadas del suelo, de la tierra, esa sería la primera vez que entré, que entramos Rosa y yo, en la Tumba de Agamenón. Carlos, disculpa, déjame que  la salude, que sé que es lectora de tu blog: 
Hola, Rosiña. ¿todo óptimo? ¿y Bruno? 

Me corrijo, antes escribí que estuve a dos pulgadas de la tierra, miento, nunca me he sentido tan enraizado con la propia tierra. Si puedes vete, deja lo que estés haciendo y corre a Micenas, vuela a las gradas de Epidauro, amanece en Delphos, hínchate a comer erizos a los pies de las columnas del templo de Poseidon. Embriágate intensamente de su bienestar. En serio, no pierdas tiempo, marcha para allá. A que esperas? 

Evidentemente deberás ir no como aquellos que contaba Koolhaas, que iban a las islas griegas a ver las casitas y el pintoresco mientras él visitaba los límites de Berlín, sino con la misma mirada como quien mira al mar, tal vez, mejor, al fuego.

Te dejo entonces con los dos fragmentos de El Coloso de Marusi, primero el que ahora empiezo a transcribir y a continuación el que en algún amanecer gallego la misteriosa Malika escribió sobre la sólida mesa de carballo, renglón a renglón, con letra menuda, clara, allá en el pazo familiar de Don Xabier.

En un principio pensé en copiar el apéndice que cierra el libro de Miller, “una característica carta de Durrell”, de Lawrence Durrell fechada el 10 de Agosto de 1940(si puedes, léela), pero ahora prefiero comenzar a teclear esto:


“En Grecia se tiene la convicción de que el genio, no la mediocridad, es la norma. Ningún país ha producido en comparación con su población, tantos genios como Grecia. En un solo siglo esta minúscula nación ha dado al mundo cerca de quinientos hombres geniales. El arte griego, que se remonta a cincuenta siglos, es eterno e incomparable. El paisaje griego es el más satisfactorio, el más maravilloso que pueda ofrecernos la Tierra.


Los habitantes de este pequeño universo vivían en armonía con su marco natural, poblándolo de dioses que eran otras tantas realidades y con los que vivían en íntima comunión: El cosmos griego es el ejemplo más elocuente de la unidad de pensamiento y de la acción. Persiste todavía en nuestros días, aunque haga mucho tiempo que sus elementos se han dispersado. La imagen de Grecia, por descolorida que esté, continúa siendo un arquetipo del milagro forjado por el espíritu humano. Todo un pueblo, como testimonian los vestigios de sus realizaciones, se elevó a un grado tal que no ha sido igualado ni en el pasado ni en el presente. Fue milagroso. Lo sigue siendo. La tarea del genio, y el hombre no es otra cosa, es impedir que muera el milagro, vivir constantemente en el milagro, hacer el milagro cada vez más milagroso, no rendir homenaje a nada, sino vivir milagrosamente, no pensar, no morir más que milagrosamente. Poco importa lo que se destruya si se salva y nutre el germen del milagro. En Epidauro os encontráis por el intangible residuo de esta erupción milagrosa del espíritu humano. Os inunda como el embate de una poderosa ola que se rompe en la orilla cercana. En nuestros días, la atención se concentra en las riquezas inagotables del universo físico. Debemos fijar nuestro pensamiento en este sólido hecho, ya que nunca había extendido el hombre a este punto el campo de sus rapiñas y devastaciones. Y por eso olvidamos con frecuencia que el reino del espíritu es también fuente inagotable de riqueza, y que no se pierde nada de lo ganado en él. En Epidauro este hecho se convierte en certeza. A fuerza de malicia y de maldad es posible que un día el mundo se resquebraje, pero aquí, aunque el gigantesco huracán desencadene nuestras malas pasiones, se extiende una zona de paz y de clama, pura herencia destilada de un pasado que no se ha perdido completamente.


Si Epidauro es un apacible encanto, Micenas, que goza exteriormente del mismo silencio y sosiego despierta un mundo de pensamientos y de emociones totalmente distintos.”

Pags. 99, 100 y 101 Biblioteca de Bolsillo. Enero1992


Bueno, Carliños, te dejo, ahora sí, con la cuarta página de Malika. Dentro de poco te enviaré otra, si te parece oportuno.


Un abrazo de oso


Carlos Pita



* Las fotos de los disturbios de Atenas las puedes encontrar en boston.com

*1 Brassaï. Henry Miller. Ed Turner. Fondo de Cultura Económica 2002

*2 algún tiempo después de mi regreso a Delphos, fui al pazo buscando compañía y consuelo, a ciertos males que debí  haber curado en Epidauro, con unas botellas de ouzo compradas en el monasterio de Hoisos Loukas. Creo que fue la única ocasión en que  ví a  Don Xabier bebiendo otro destilado que no fuese “su inseparable” Jonnhy Walker( Ya sabes que Vinicius de Moraes decía que el mejor amigo del hombre no era el perro, que era el whisky). El ouzo hizo que acabáramos leyendo versos de Safo a voz en grito. Recuerdo ver, a contraluz, en el quicio de la puerta que daba a la sala grande a Malika sonriendo. Fue la última vez que la vi.



“Las llamas del espíritu corren sobre la tierra, como si pisoteáramos una brújula invisible, en la que sólo la vibrante aguja se ilumina al tocarle una clara radiación solar. Nos dirigimos ahora a la tumba de Agamenón, cuya bóveda está hoy cubierta de una delgada capa de tierra, como si fuera una colcha de fina lana. La desnudez de este lugar donde se oculta un dios es magnífica: Hay que detenerse antes de que el corazón se os inflame. Hay que inclinarse y coger una flor. Por todas partes se ven trozos de alfarería y excrementos de cordero. El reloj se ha parado. La tierra oscila durante una fracción de segundo, antes de reanudar su eterno latido.


Todavía no he cruzado el umbral. Estoy afuera, entre los ciclópeos bloques que flanquean la entrada de la galería. Soy el hombre que pudiera haber llegado a ser, y acepto todos los beneficios que la civilización quiera concederme con real magnanimidad. Recojo este potencial de civilizado fiemo y hago con él un apretado y diminuto nudo de compresión. Estoy hinchado, distendido al máximo como una bola de vidrio en fusión suspendida del tubo de un vidriero. Que me moldee en cualquier forma fantástica, que use todo su arte, que se agote soplando sus pulmones hasta dejarme en cosa fabricada, todo lo más en una hermosa alma cultivada. 


Lo sé, y no concibo más que desprecio por ella. Me quedo plantado allí fuera, moldeado por completo; el alma más bella, la más cultivada, el producto fabricado más extraordinario del mundo. Voy a poner el pie en este umbral, voy a franquearlo...ahora hago este gesto. No oigo nada. Ni siquiera estoy allí para oír cómo estallo y me disemino en mil partículas. Únicamente Agamenón está solo allí. El cuerpo se ha deshecho cuando le quitaron la máscara. Pero él está allí, llena la silenciosa colmena, se desparrama en el aire libre, inunda los campos, levanta un poco más alto el cielo: El pastor se pasea con él y le habla noche y día. Los pastores son gente chiflada: Yo también. No quiero saber nada más de la civilización y de sus productos de almas cultivadas. Renuncié a mi mismo cuando al entrar en esta tumba. De ahora en adelante soy un nómada, un don nadie espiritual: Podéis coger vuestro mundo fabricado y ordenarlo en los museos; yo no lo quiero, de nada me sirve... No creo que ningún ser civilizado sepa ni haya sabido nunca lo que ha tenido lugar en este recinto sagrado: Eso está más allá del conocimiento y la compresión del hombre civilizado, él está al otro lado de esa pendiente cuya cima fue escalada mucho antes que él o sus antepasados estuvieran en el mundo. A eso llaman la tumba de Agamenón… Bien tal vez uno llamado Agamenón descansa aquí. ¿Y qué? ¿Voy por eso a quedarme parado, abriendo la boca como un idiota? No lo haré. Me niego a detenerme en ese hecho, demasiado sólido. Aquí me elevo, como poeta, narrador, cuentista o mitólogo, sino como espíritu puro. Digo que el mundo entero, abriéndose en abanico en todas direcciones de este lugar, vivía antiguamente de un modo que nadie es capaz de imaginar. Digo que lo dioses erraban por todos los lugares, que eran hombres como nosotros en forma y en esencia, pero estaban libres, eléctricamente libres. Al desaparecer de esta tierra se llevaron consigo el único que jamás les arrancaremos mientras no seamos libres de nuevo. Un día sabremos que es la vida eterna: el día en que dejemos de asesinar. Aquí en este lugar dedicado a la memoria de Agamenón, un crimen horrible y secreto a marchitado la esperanza humana. Dos mundos yacen yuxtapuestos: el de antes y el de después del crimen: El crimen contiene un misterio tan profundo como la salvación. Palas y azadas no descubrirán nada importante: Los cavadores están ciegos, van a tientas hacia algo que jamás verán. Todo lo que se desenmascara se desmorona al tocarlo. Y de la misma forma se desmoronan los mundos. Podemos cavar eternamente topos, pero el miedo estará siempre con nosotros, clavándonos sus garras y violándonos.



Casi no puedo creer hoy día que lo que cuento haya podido ser la obra encantada de una breve mañana.”



Henry Miller. The colossus of Maroussi. 1949

trad.-Ramón Gil Novalis Ed. Seix Barral 1992