15.7.11

Las Páginas de Malika (V)

Quinta carta de Carlos Pita de "Las Páginas de Malika".

Saludos, Carlos

De nuevo una nueva página de Malika.

Me vas a permitir que hoy haga apenas un par de comentarios.

Podríamos liarnos y hablar de la cama; uno de los grandes inventos de la humanidad, sin duda alguna. Podríamos comparar un buen puñado de camas ilustres: las de Le Corbusier en la Rue Molinor, tan elevada, o la del Cabanon, las de Luis XIV, la del apartamento de Loos, con esa alfombra que trepa que nos puede llevar a las de la casa de Melnikov en Moscú, las de las Mil y Una Noches, la de Jefferson en Monticello, que siempre me hace sonreír y recordar a las de Carpanta debajo de un puente, las de Utzon en Mallorca, cualquiera de las de Hugh Hefner(*1), siempre con buena compañía, la de Tarzán y Jane, las de paja al raso en una noche de verano, como esta…

Pero sería irnos por las ramas, por las camas. El “ledikant” de Spinoza, que debió de ser similar al del dibujo de Rembrandt que abre esta carta, de suponer no tan animado o por lo menos sin tanto trajín, la cama de la que habla el texto de Zbigniew Herbert no nos lleva por esos derroteros.

Mejor callarse e invitarte a leer activamente. Que es de lo que realmente tratan estas cartas que te envío.


La página de hoy tiene una particularidad; en el lateral, recorriendo de arriba a bajo el texto, aparecen unos versos del gran poeta polaco. Los he incluido al principio, bajo un retrato de Herbert. Me hubiese gustado publicarlo en su  original posición perpendicular pero mi desconocimiento del Word no me permite tales florituras. Otra vez será.¿Estaría Malika conjurando morriñas de su M’zab natal al trascribirlo en ese estrecho margen del papel? ¿Una grieta, un vertiginoso acantilado de saudades donde las palabras sirvieron de bálsamo a la  afilada añoranza de sus lugares?... Carlos,¿sabremos encontrar los nuestros?

Disculpa la brevedad, como ya te conté, ayer se murió Nacho Salorio, (todo un personaje, entrañable, podríamos echarnos la tarde con la contadera de sus andanzas, pero ahora solo quiero recomendarte que si pasas por Carril, en la ría de Arousa, frente a isla de Cortegada, no dejes de ir a su lugar, de él y de su mujer Emilia, al Loxe Mareiro. Uno de los mejores bares del planeta). Esta mañana asistí a su incineración, no ando nada dicharachero y creo que el viernes intentaré bajarme a Lisboa, por cierto, una de las ciudades fetiche de Emilia y Nacho, a que me den alegría de la buena, con lo que no tendré mucho tiempo que dedicarte. No quería faltar a nuestra  acordada cita semanal, y aquí me tienes escribiéndote. Hay que ser hombre de palabra.

Bueno, Carliños, te dejo con la quinta página de Malika. Dentro de poco te enviaré otra, si te parece oportuno. Prometo estar más locuaz.

Un abrazo de oso

Carlos Pita

*1  ¿Leíste Pornotopía, de Beatriz Preciado? Tiene su guasa. El descubrimiento, regalo, de este libro se lo debo a Jorge Cao, aunque no debió andar muy lejos Moisés Puente. Como ando holgazán entro en la página de Anagrama y te copio el inicio de la reseña del libro, que fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo: “En plena guerra fría, el joven Hugh Hefner crea la que pronto se convertiría en la revista para adultos más vendida del mundo: Playboy. Lo que el público desconoce es su pionera labor como artífice de las casas del placer: Playboy no era simplemente una revista de chicas con o sin bikini, sino un vasto proyecto arquitectónico-mediático que tenía como objetivo desplazar la casa heterosexual como núcleo de consumo y reproducción proponiendo frente a ésta nuevos espacios destinados a la producción de placer y de capital. Ésta podría ser la divisa de Playboy: si quieres cambiar a un hombre, modifica su apartamento.” Recomendable lectura playera.
Un país

En la misma esquina de este viejo mapa hay un país que añoro.

Es la patria de las manzanas, las colinas, los ríos perezosos, del vino agrio y el amor.

Por desgracia una gran araña tejió sobre él su tela

y con su viscosa saliva cerró las puertas del sueño.
                
            Y es siempre así: el ángel con la espada de fuego, la araña y la conciencia.





LA CAMA DE SPINOZA

Resulta curioso que los grandes filósofos queden en nuestra memoria en el momento en que su vida tocaba a su fin.  Sócrates levantando la copa de cicuta; Séneca mientras un esclavo le abre las venas(hay un cuadro de Rubens);Descartes vagando por las frías habitaciones del palacio y presintiendo que el papel de profesor de la Reina de Suecia sería el último que desempeñase; el viejo Kant, oloroso a rábano rallado, antes de iniciar su paseo diario(el bastón va delante y cada vez se adentra más en la arena), Spinoza corroído por la tuberculosis, puliendo lentes con paciencia, ya tan débil que no podrá terminar el Tratado del arco iris… Una galería de nobles moribundos, máscaras pálidas, moldes de yeso.

A ojos de sus biógrafos, Spinoza casa invariablemente con el modelo de sabio concentrado por completo en la precisa arquitectura de su obra, del todo indiferente a las cuestiones materiales, libre de toda pasión. Sin embargo existe un episodio en su vida que unos pasan por alto silenciosamente, mientras que para otros es un incomprensible descarrió de juventud.

En el año 1656, muere su padre. En su familia Baruch es tenido por un excéntrico, un joven sin sentido práctico que pierde su valioso tiempo estudiando libros incomprensibles. Gracias a ingeniosas maquinaciones (en este punto juegan un papel fundamental su hermanastra, Rebeca, y el marido de esta, Caceres), le despojan de su herencia, alimentando la esperanza de que el despistado joven ni siquiera se dará cuenta. No fue así.

Baruch llevo el asunto ante los tribunales con una energía que nadie habría sospechado en él; contrató abogados, apeló a testigos, fue concreto y pasional, se orientaba perfectamente en los detalles más sutiles del procedimiento y su papel de hijo perjudicado al que se ha privado de sus derechos resultó al cabo convincente.

Se pusieron de acuerdo relativamente rápido en cuanto a la distribución de los bienes inmuebles (en esa materia había claras disposiciones testamentarias). Pero después, de manera inesperada, llegó un segundo acto del proceso que despertó la repugnancia y el desconcierto generales.

Baruch, como si en él actuará el demonio de la posesión, empezó a porfiar por cada uno de los objetos que procedían de la casa paterna. Todo empezó con la cama en la que murió su madre, Débora (con sus cortinas oliva oscuro y todo). Después exigió cosas que no tenían ningún valor, argumentando que sentía por ellas apego emocional. El tribunal se aburría, incapaz de entender de dónde salían en aquel ascético joven aquellas ganas irresistibles de heredar un atizador, un jarro de cobre con el asa rota, un taburete normal de cocina, una figura de loza que presentaba a un pastor sin cabeza, un reloj estropeado que estaba en la entrada y era una guarida de ratones, un cuadro que colgaba sobre la chimenea, tan ennegrecido que parecía hecho de alquitrán.

Y Baruch ganó el proceso. Ahora podía sentarse con orgullo sobre la pirámide de su botín, lanzando miradas de desprecio a quienes habían intentado desheredarle. Pero no lo hizo. Escogió solo la cama de su madre (con las cortinas color oliva oscuro), y ofreció el resto a los vencidos contrincantes del proceso.

Nadie entendió por qué actuaba de aquella manera. Pareció una extravagancia aunque en realidad se trataba de un acto lleno de un profundo sentido. Como si Baruch hubiese querido decir que la virtud no es el asilo de los débiles, y que la renuncia es el acto de valor de aquellos que cambian (sin penas ni vacilaciones) las cosas que son universalmente deseadas por las causas grandes e incomprensibles.

“Naturaleza muerta con brida” Zbigniew Herbert. 
Trad. Xavier Farré. Ed. Acantilado 2008