26.9.11

Las Páginas de Malika (VII)

Nueva carta de nuestro amigo Carlos Pita.



Enviado a mediados del mes de julio, cuando nuestro estimado editor se hallaba disfrutando de sus vacaciones estivales, mientras otros, no tan dichosos, continuábamos en nuestro sitio, al pie del cañón. 

(Nota del editor: a pesar de que tengo absolutamente autoprohibido hacer ningún comentario sobre estos textos, esta nota del autor es, como mínimo, matizable... :)  


Saludos , Carlos 

De nuevo una nueva página de Malika. 

Aunque andes de vacaciones, no quita que dejemos de escribirnos. Digo yo. Una de las cosas que más me gusta del e-mail este es que, queramos o no, ha renovado el género epistolar. Hemos vuelto a escribir cartas con más fuerza. No dejaba de tener su encanto, un tanto trasnochado, lo sé, aquello de pegar el sello con la lengua, ir a correos, dejar la carta dentro del buzón, preguntar cuando llegará; lo mismo que recibir una carta que no sea ni del banco ni publicidad. Yo aún guardo las cartas de amor que me enviaba Mar, que fue mi mujer. Pocas veces he vuelto a leer con tanta satisfacción, ¡ni con el Padre Brown!. No sabes con que ilusión las sacaba del buzón, luego las abría de un modo particular, un pequeño ritual, para terminar devorándolas. Pero sí, el mail este es una maravilla. Como el hecho de que yo te escriba y  tu “cuelgues“ las cartas en tu blog para que las pueda leer todo aquel que quiera, en cualquier lugar, en cualquier momento. Maravilloso. Es muy estimulante escribir para ti pero sabiendo que no sabré nunca quien nos lee realmente. Se establece, o por lo menos yo así lo siento, una extraña complicidad. Hay unos versos de San Juan de la Cruz que suelo citar a mis alumnos de la escuela, que más o menos dicen esto:

"Para llegar a donde no sabes/ debes de ir por donde no sabes."

Cada vez tengo más claro que las páginas de Malika intentan hacer eso mismo. Por eso te reitero mi petición de que seas cumplidor con nuestro informal acuerdo y “cuelgues” las páginas que te envío más o menos con cierta constancia, con alegre regularidad. Me parece necesaria. Creo en el compás, que diría un flamenco. Hay ciertos asuntos que lo exigen, y no me refiero solo al follar, es que te estoy viendo con esa sonrisita y claro… disculpa la ordinariez. Pues eso, que espero que no tardes mucho en colgar esta y las otras paginas anteriores que te he ido enviando. Pero lo fundamental, disfruta de tus vacaciones. Sé que lo estás haciendo. Así me gusta, campeón. 

Hoy vamos a liarnos con el viajar. Con los viajes, con el viaje. No, no  pienso hablar de alucinógenos. Eso lo haremos cuando la página malikeña nos dé pie a ello. Creo, ya sabes, los gallegos nunca afirmamos rotundamente casi nada, que hay alguna de Junger que nos podrá servir para los viajes lisérgicos. Don Xabier me transmitió su pasión por Junger. La diferencia es que el cabrito lo leía en alemán… aunque ahora que lo pienso, ¿qué hace Don Ernst trascrito al español?. La argelina siempre rodeada de incógnitas… 

Ya te hablé de la juventud viajera de Don Xabier, de cómo pasó años sin un techo ni un rumbo fijo vagabundeando  primero por Europa para luego saltar a América en busca de su particular El Dorado, que no fue capaz de encontrar. “O sí”, solía puntualizar sonriendo Don Xabier cuando rememoraba sus andanzas americanas “de Terranova a Tierra del Fuego”. Los primeros años fueron una decidida apuesta por conocer la pintura europea,“por enfrentarme cara a cara con la historia del arte occidental. Quería ser pintor, eso me creía entonces, artista, ¡manda carayo!, me ahogaba estando quieto, sentí la necesidad de ver una por una las obras de los maestros, y me puse a andar tras ellas, así, sin más. Y vive Dios que no sólo vi pintura” Después vino América. “Ahí me puse a andar tras ellas, pero esta vez, tras unas piernas. Como sabes, siempre mucho más estimulantes. Es más, hubiese quemado Las Meninas y los frescos de Piero con tal de hacerla reír. Si me apuras quemaría lo que hiciese falta por volver a sentirme tan amado, tan deseado”; aquí Don Xabier siempre derivaba hacia una queja “retranqueira”*1 sobre la edad, los achaques ,lo que le llevaba a arremeter contra los médicos, uno de sus últimos temas favoritos cuando no lo hacía contra Luís Buñuel, al que llamaba “vil mentiroso”, por afirmar, en sus memorias *2, que al sentirse liberado de la lívido se había concentrado en la comida, ya que la tenía asegurada , por lo menos, tres veces al día. “Cómo se pueden escribir semejantes vilezas, por una frase ingeniosa son capaces de faltar a lo más sagrado. En cambio recuerda a Hemingway, a Belmonte…”.Hacían falta, por lo menos, un par de güisquis para que Don Xabier dejase de gruñir y hacer el cascarrabias. Lo cual era una lástima. Sus momentos más desternillantes y de conversación más creativa eran estos. 

 

Oriente. Oriente lo comenzó a frecuentar después de su llegada a Cambridge. ”La puerta a Oriente la descubrí, de la mano de una inglesa loca, alcoholizada y charlatana, todo sea dicho, una noche de ouzo y rebética en el puerto de El Pireo. Nunca  le estaré todo lo agradecido que debiera… No te engañes Carliños, las puertas de los sitios importantes suelen acabar estando en otro lado. Solo hay que saber mirar…” Líbano, Siria, Irak, Irán, Afganistán, India, Indochina, Indonesia, Japón, Ceilán,…. Luego, llegó África, apenas recorrida, después, volvió al pazo. No se volvió a mover de ahí. Cuando le preguntaba del porqué de su inmovilidad me contestaba con un lacónico: “¿Para qué?. O se comparaba con el rodaballo o la lamprea, no veas como la cocinaba Malika…, o continuaba narrando como Françoise Sagan, en su momento impenitente trotamundos (sí, la que escribió Bonjour Tristesse, que ha acabado siendo más recordada como una pintada en lo alto del edificio que Siza construyó en Berlín que como la novela y película de grandísimo éxito que fue en los tiempos mozos de Don Xabier), a los amigos que venían a visitarla, en su casa de París y  contarle sus últimos viajes, les decía: “ ¿ pero cómo, tú todavía viajas?”.  Otras veces me salía con encendidas alabanzas a Lezama Lima y su encierro habanero “ y era asmático, como tu, así que aprende” me decía como dejando la conversación sentenciada.
 
Más de una vez traté de liarlo en alguna excursión, el se dejaba, tal vez para agradarme o simplemente por pasar el rato, pero nunca conseguí moverlo de su lugar. “Encontré, re-encontré mi lugar”, repetía con frecuencia en alguno de los amaneceres en el pazo mientras, asomado a la ventana, su mirada parecía beber la luz que comenzaba a vestir el valle. 

La página de Malika que te envío hoy habla en parte sobre esto pero no agota ahí sus significados. Seguro que ya lo habrás leído, es parte del conocidísimo artículo ”Brancusi y las mitologías”, que Mircea Elíade publicó por primera vez en 1967. Está más que publicado, pero siempre gusta volver a leerlo. Eso espero. Ya me dirás. Elíade recurre a él para explicar la evolución del hacer de Brancusi tras su viaje, de Rumanía a Paris. Es un cuento de la tradición judía que podemos encontrar en  otras muchas antologías; en el Conde Lucanor del Infante Don Juan Manuel, sin ir más lejos. Según las versiones cambia el personaje y el lugar pero la esencia es la misma, cultura popular en el sentido más puro. Una pequeña joya.

Al volverlo a leer, al encontrarlo entre los escritos que nos dejó Malika, me acordé de una anécdota  sobre Alejandro de la Sota que me contó un profesor que tuve en Madrid. Más o menos es esta: Cuando Sota daba clase en la Escuela de Arquitectura de Madrid (no hablemos de la canallada que le hicieron al negarle la plaza) había puesto no sé que ejercicio y con la excusa había estado hablando de Palladio, de su obra. Mi profesor era entonces alumno de Don Alejandro, escuchó atento las explicaciones sobre las villas palladianas, al salir de clase él y un colega, envalentonados tras unas cañas, se liaron la manta a la cabeza y pusieron, a lomos de una vespa, rumbo a Italia, hacia Palladio. Se recorrieron una por una las obras del de Padua. De vuelta a la escuela, casi dos meses después, para la entrega del ejercicio, a la vez que le enseñaban a Sota sus proyectos quisieron camelárselo narrando sus viajes (había más que contar de lo visto que de lo hecho) entonces el de Pontevedra, con mirada llena de retranca les dijo: “menos viajar hacia afuera y más viajar hacia adentro”.

Como podrás ver son muchas las lecturas que encierra: sobre la necesidad del viaje, del modo de viajar, de lo local frente a lo universal, de las raíces, de la tierra, de los orígenes, sin dejarnos de lado la importancia de los sueños, del mundo onírico*2, que no deja de ser un cuestionamiento de la primacía de la razón como única vía de conocimiento. Nos lleva a volver a reivindicar la necesidad de no alejarse mucho de la sabiduría tradicional o popular, de la necesidad de frecuentarla, nunca, jamás, como folclore sino como fuente viva e inagotable, que nos transporta directamente a las esencias de la cultura, del hombre.

Ya te digo, un cuento tan simple, si me apuras tan obvio, pero que nos abre la puerta a una encrucijada de múltiples caminos. Podemos pensar en Picasso, cuando se encuentra en París con la escultura íbera y al salir le pega un meneo serio a toda la historia del arte occidental.


Pero ahora me vas a permitir que te hable de un viejo proyecto que hice ya hace un tiempo, una tontería, fue mi pfc… Imagínate chico, que diría con acento cubano el tío Oswaldo. Tuve suerte, el año que yo comenzaba el pfc apareció por la escuela, de la mano de Cesar Portela, Oscar Tenreiro desde Caracas, con un proyecto de monumento a Cristóbal Colón en Macuro, en la península de Paria, allá en Venezuela. Este y una vivienda en Oleiros eran los temas de ese año. Casualidad. Mi familia paterna es de Oleiros, por entonces una aldea próxima a Coruña, hoy un suburbio más o menos bien ordenado, y desde ahí mi padre, como el resto de mis parientes, emigraron a Venezuela. Escogí Venezuela, bucear en una parte de mis orígenes. En la península de Paria fue donde los españoles pisaron el continente americano por primera vez tras el descubrimiento de 1492. Esa era la excusa para hacer un monumento a Colón. Inmediatamente recordé las conocidas palabras de Adolf Loos:

 “Así es. Solo hay una pequeña parte de la arquitectura que pertenezca al arte: el monumento funerario y el monumento conmemorativo… Cuando encontramos en el bosque una elevación de seis pies de largo por tres de ancho, moldeada con una pala en forma piramidal, nos ponemos serios y algo dentro nuestro nos dice: aquí ha sido enterrado alguien. Eso es arquitectura.”*4

Desde aquí comencé a estudiar el monumento como proyecto en el movimiento moderno y poco a poco, muy de la mano de mis lecturas de Gideion*5, me fui alejando en busca de otros orígenes:

"No sigas las huellas de los antiguos.
Busca lo que ellos buscaron".*6

Estaba fascinado ante la enorme aventura del descubrimiento, una panda de tipos metidos en unos cascarones de madera rumbo a los desconocido; no se me ocurría mejor definición de lo que debe ser un viaje en toda regla.*7 En el fondo también tenía muy presente cuando mi padre, apenas un chaval, viajó en busca de fortuna a Venezuela. Quise llegar a la esencia del viaje. La encontré en el viaje hacia uno mismo, el gran desconocido. El viaje, fundamentalmente, cuando no es turismo, ni parte del engranaje de ese mal de la cultura contemporánea que es el “all is entertainment”, puede servir para atisbar rincones de uno mismo antes insospechados. Por eso el proyecto se enterraba, para trabajar con la oscuridad, el no espacio, como clave de proyecto junto con como ser monumental en el vacío.

Qué difícil es contar los proyectos, verdad?. Hace poco le escuché a Jordi Badía decir que parecía que los arquitectos hacíamos proyectos sólo para contarlos. Que pillo, que razón tiene. No dejo de sentirme ridículo cada vez que intento contar algún proyecto, así que si me disculpas del de Macuro, pecado de juventud, seguiremos hablando en otra ocasión; un día, si quieres, te lo enseño. Te envío unos dibujos. Por si te sirve de algo, lo dudo, te diré que los postes hincados sobre la base pétrea en cruz eran de acero inoxidable bruñido, como el interior de la cúpula que solo en un  determinado momento del año se iluminaba levemente para permitir que el visitante, el viajero, se observase como un distorsionado reflejo sobre las paredes para encontrarse, al final de ese trayecto, frente a uno mismo, tal vez para volver siendo otro, mejor. Como verás Brancusi no andaba muy lejos, de hecho en esa época no dejaba de mirar las fotos que hizo de su obra en su estudio. Sigo haciéndolo, como me fascina esa mirada suya sobre si mismo y su lugar.

Ya ves, fue intentar contarte algo de mi proyecto y quedarme sin palabras. Mejor así. No quiero contar proyectos, quiero construirlos. Pero por ahora… leamos.

Por eso, Carlos, te dejo con lo importante, con la séptima página de Malika. Dentro de poco te enviaré otra, si te parece oportuno.

Un abrazo de oso y jejeje, sigue disfrutando de tus siempre merecidas vacaciones.

Carlos Pita

  
*1. Con retranca, vaya; muy irónica, pícara. Disculpa, Carliños, no sé decirlo mejor en español. 
*2. Me imagino que ya las habrás leído, “Mi último suspiro”. Como las de John Houston son de esas memorias que se leen , el chiste es fácil… en un suspiro, con una sonrisa. Pero si tuviese que recomendarte unas memorias llenas de vitalidad y ternura serían las de Marcelo Mastroianni. Cuando ando flojo, al llegar a casa, suelo leerme alguna página; siempre me devuelven la sonrisa, las ganas de seguir para adelante, o para los lados. Grande Marcelo!!!
*3 Ando estos días leyendo un libro, regalo de Fran Rosell: ”El mundo bajo los párpados” de Jacobo Siruela. Por darte una pista copio la reseña de Andrés Ibáñez (un tipo al que hay que seguir el rastro) que  aparece en la página web de la estupenda editorial Atalanta: “Sin embargo, "El mundo bajo los párpados" no es en absoluto el libro que uno se esperaría encontrar o, al menos, el libro que este lector se esperaba encontrar. Porque no se trata de un ensayo de tipo general sobre el tema de los sueños, ni tampoco de una historia de los sueños, ni mucho menos de una especie de galería de curiosidades y noticias pintorescas. Se trata de algo mucho más infrecuente y todavía más estimulante. Un libro atrevido, valiente, polémico, escrito con una pasión a ratos desbordante, en el que Jacobo Siruela se adentra en un territorio difícil y rabiosamente actual que ya llevaba tiempo explorando como editor. Es el territorio intermedio entre lo que podríamos llamar «mística» o religión (de las cuales nuestro autor se separa con claridad) y la visión mecanicista y literal de cierto pensamiento positivista que se presenta a sí mismo como «científico» o «racionalista». Es decir, el territorio intermedio de la hermenéutica, de Jung, de Hillman, de Patrick Harpur, de Corbin, de Eranos, aunque Jacobo Siruela no se presenta como epígono de ninguna tradición, sino (y esto es lo más sorprendente) como pensador independiente, como agitador intelectual.”
*4 Adolf Loos Escritos II 1910-1931 ed. Al cuidado de A.Opel y J.Quetglas. Trad. A.Estévez, J.Quetglas, M.Vila Biblioteca de Arquitectura. El Croquis Ed.
*5 El presente eterno. Tomo I .— los comienzos del arte. Tomo II.- los comienzos de la arquitectura. Alianza Ed. Tomo III .- La arquitectura fenómeno de transición Ed. GG
*6 Gotas negras, 40 haikus urbanos de Andrés Neuman, que creo vive en Granada, casi como tú, comienza con estos versos de Bashó. La cita forma parte de los “textos del lechero” del Obradoiro34, revista de arquitectura secuestrada, sin publicar, desde hace casi tres años por el COA Galicia, su propio editor.
*6 Si lo piensas le van como anillo al dedo los versos de San Juan. Un proyecto, si realmente hablamos de creación, debería ser eso mismo. Aunque aquí tenemos mucho que discutir. Loos pide permiso para hablar. Luego Don Adolf, luego…
 
En efecto, está el hecho, paradójico para muchos críticos, de que Brancusi parece haber reencontrado la fuente de inspiración "rumana” después de su contacto con ciertas creaciones artísticas “primitivas” y arcaicas.
Ahora bien, esa “paradoja” constituye uno de los temas favoritos de la sabiduría popular. No recordaré aquí más de un ejemplo: la historia del rabino Eisik de Cracovia que el indianista Heinrich Zimmer extrajo de los Cuentos Jasídicos de Martin Buber. Este piadoso rabino, Eisik de Cracovia, tuvo un sueño que le ordenaba ir a Praga: allí, bajo el gran puente que conduce al castillo real, descubriría un tesoro escondido. El sueño se repitió tres veces, y el rabino decidió partir. Al llegar a Praga, encontró el puente, aunque vigilado día y noche por centinelas. Eisik no se atrevió a excavar. Vagando por los alrededores, terminó por atraer la atención del capitán de los guardias, que amablemente le preguntó si había perdido alguna cosa. Con sencillez el rabino le contó su sueño. El oficial estalló de risa:”¡Pobre hombre!, ¿verdaderamente has gastado tus suelas en recorrer todo este camino por un sueño? ¿ Qué persona razonable creería en un sueño?”. También el oficial había oido una voz en sueños:” Me hablaba de Cracovia y me ordenaba ir hasta allí y buscar un gran tesoro en la casa de un rabino llamado Eisik, Eisik hijo de Jekel. El tesoro debía ser descubierto en un polvoriento rincón, donde estaba enterrado, detrás de la estufa”. Pero el oficial no otorgaba fe alguna a las voces oídas en sueños: el oficial era una persona razonable. El rabino se inclinó hasta el suelo, le dio las gracias y se apresuró a volver a Cracovia. Excavó en el rincón abandonado de su casa y descubrió el tesoro que puso fin a su miseria.
“Así pues”, comenta Heinrich Zimmer,” el verdadero tesoro, el que pone fin a nuestra miseria y a nuestras pruebas, nunca está muy lejos, no hay que buscarlo en un país alejado, pues yace sepultado en los lugares más recónditos de nuestra propia casa, es decir, nuestro propio ser. Está detrás de la estufa, centro generador de vida y de calor que gobierna nuestra existencia, corazón de nuestro corazón, y sólo es cuestión de que sepamos excavar. Pero sucede el extraño y constante hecho de que sólo después de un piadoso viaje a una región lejana de un país extranjero, en una tierra nueva, podrá revelársenos el significado de esta voz interior que conduce nuestra búsqueda. Y a este hecho extraño y constante se añade otro: quien nos revela el sentido de nuestro misterioso viaje interior debe ser también un extranjero, de otra creencia y de otra raza”.
 
“Brancusi et les Mythologies” Mircea Elíade. 1967. ”El vuelo mágico” 1995.
 Trad. Victoria Cirlot y Amador Vega. Ediciones Siruela.