27.10.12

A Sea Voyage on Wheels

Primer artículo de colaboración del arquitecto Jorge Mingorance con SUBTERRITORIOS.NET, con un artículo sobre dispositivos de domesticación del entorno, dentro de la sección Arquitectura Sin Arquitectos.





















Por Jorge Mingorance



Daddy Long Legs

Corrían los últimos años del siglo XIX cuando, a través de este sugerente reclamo “un viaje por mar sobre ruedas”, se anunciaba la puesta en marcha del Brighton and Rottingdean Seashore Electric Railway. Comenzaba así la breve historia del Pioneer, un artefacto híbrido único en su especie, a medio camino entre un ferry y un tren de cercanías convencional, que “navegó” por las aguas del Canal de la Mancha entre los años 1896 y 1901. 

Su creador y propietario, el ingeniero Magnus Volk, ante las difcultades topográficas con que se había encontrado en Brighton para poder completar el trayecto de su también conocido Volk´s Electric Railway (un tren eléctrico convencional, aún operativo en la actualidad), decidió construir una línea que se desarrollara literalmente “a través de las olas”, completando el recorrido desde un muelle o pier localizado en Paston Place hasta otro en Rottingdean, y burlando así el abrupto relieve que impedía su trazado por tierra. 

Daddy Long Legs. Trayecto junto a la orilla del mar.
Técnicamente, la línea consistía en dos vías paralelas de 825 mm de ancho (2 ft 8,5 in) separadas entre sí 5.50 metros (18 in) tendidas sobre traviesas de hormigón encajadas en el lecho rocoso marino. La cabina en la que “navegaban” los pasajeros, propulsada por un motor eléctrico, tenía unas dimensiones de 13.70 x 6.70 metros (45 x 22 ft) y estaba impregnada de la estética de los pabellones tradicionales de los piers de la costa inglesa (amusement arcades); pero el rasgo más signi!cativo del Pioneer y por el cual pronto sería bautizado como “Daddy Long Legs” (papá piernas largas) eran los 4 mástiles sobre los que se apoyaba, y que hacían que este artefacto se desplazara unos 7 metros por encima del nivel del mar.

Su inauguración oficial tuvo lugar el 28 de noviembre de 1896 tras 2 años de obras, y tras apenas una semana de funcionamiento, la línea quedo casi destruida como consecuencia de una tormenta la noche del 4 de diciembre. Volk inmediatamente se puso manos a la obra en su reconstrucción, incluyendo el propio Daddy Long Legs que también se vio afectado.

Daddy Long Legs. Navegando con marea alta.

La línea volvió a abrir en julio de 1897, pero a pesar de su popularidad (ese mismo año utilizaron este servicio más de 44.000 pasajeros) cerraría definitivamente 4 años después debido a numerosos problemas económicos y técnicos (los motores de impulsión poseían escasa potencia y cuando el mar no estaba en calma o subía la marea se mostraban insufcientes) y la mayor parte de su estructura, vías y demás elementos fueron desmantelados y vendidos como chatarra. Por suerte, aún hoy día algunas de las traviesas de hormigón todavía pueden verse cuando baja la marea.

Daddy Long Legs. La marea baja dejaba al descubierto los mástiles y las vías.
Debido a la normativa vigente por aquel entonces, era obligado que un capitán de barco cualifcado se encontrase a bordo en todo momento durante el trayecto, y el vehículo debía estar equipado con botes salvavidas y otras medidas de seguridad propias del transporte marítimo.

Esta última observación, conjuntamente con el slogan empleado en el cartel de promoción que veíamos al principio, ponen de manifesto la ambigüedad de Daddy Long Legs, un artefacto difícil de clasifcar y que se mueve sutilmente en su de!nición, difuminando los límites entre una embarcación, un ferrocarril, una infraestructura de carácter territorial y una arquitectura o pabellón móvil. Y es ahí precisamente donde radica su potencia, en su “liquidez” conceptual. A sea voyage on wheels, un viaje por mar sobre ruedas que ofreció una lectura y una interpretación territorial radicalmente moderna y carente de prejuicios, en un intento por conciliar y “coser” mar y tierra a través del rastreo y la colonización temporal de la orilla como ese lugar de tránsito y cíclico solape entre ambas, caracterizado por su transformación y renovación continua gracias a la acción de las mareas.

De manera consciente o no, lo cierto es que el Pioneer y su actividad constituye en esencia un proceso de “domesticación” del territorio a través de la movilidad y las ocupaciones transitorias y efímeras vinculadas al fenómeno social del turismo.

Por aquellos años, las costas inglesas sirvieron también de escenario para el desarrollo de otros procesos de interacción entre el sujeto y el medio ambiente, relacionados a través del denominador común de la movilidad y el deseo por domesticar un entorno natural. En este sentido, es interesante destacar la experiencia de las “bathing machines”, pequeños artefactos móviles cuyo origen es cronológicamente anterior a daddy long legs, y cuyo auge vino motivado por su capacidad para ofrecer una nueva lectura del mar y la costa, que pasarían a convertirse en un territorio domesticado temporalmente, en una “habitación” más de las residencias de descanso y ocio estival.

Daddy Long Legs. Zarpando desde Paston Place.
 
Bathing Machines
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, las inmersiones en el mar se pusieron de moda en Gran Bretaña como tratamientos terapéuticos para la cura de diversas enfermedades y el fortalecimiento general del cuerpo humano. En consecuencia, el éxito de cualquier bathing resort comenzó a depender en gran parte de la publicidad que éste hiciera sobre los beneficios para la salud de su ubicación y emplazamiento, así como de su oferta de instalaciones dedicadas a estos !nes, e incluso de la presencia de médicos especialistas en su plantilla.

Pero además de la calidad del agua, del aire, de su entorno natural, y de la oferta de atracciones complementarias, estos complejos o resorts destinados al baño saludable necesitaban ofrecer a sus visitantes los medios necesarios para poder disfrutar del mar siguiendo un protocolo social y moralmente aceptable, fuertemente marcado en Inglaterra por el pudor a ser vistos (sobre todo para el caso de las mujeres) en traje de baño, y la separación de sexos a la hora de zambullirse en el mar. 

Es en este contexto donde surgiría el fenómeno de las bathing machines, un artefacto o dispositivo móvil que se convertiría en un componente fundamental e imprescindible del protocolo y la etiqueta requerida para las visitas y el disfrute del mar durante los siglos XVIII y XIX. Estas “máquinas” para el baño se harían muy populares sobre todo en las costas inglesas, si bien su uso proliferó también en otros países como Francia, Alemania, Holanda, Estados Unidos, llegando incluso hasta las costas españolas.
Bathing Machines. Vista panorámica de la playa de Ostende.
Scarborough fue el primer emplazamiento o resort costero en el que pudieron verse las bathing machines, teniéndose constancia de ello a través de grabados datados en 1736. Éstas no tardaron en convertirse en oferta obligada de cualquier pueblo de pescadores que aspirasen a atraer a la alta burguesía.

El uso de este dispositivo móvil se extendió sobre todo entre las mujeres, para las cuales en aquel entonces disfrutar de un baño en el mar comportaba una serie de protocolos e incomodidades que en muchos casos no eran compensados por el placer de estos chapuzones; y como era preceptivo, las bathing machines para hombres y mujeres se situaban perfectamente separadas y en distintas zonas de baño, para evitar que ellas fuesen vistas por el sexo opuesto en traje de baño.

Bathing Machines.  Fotografía e ilustración de la época.
Una de las mejores descripciones de una bathing machine fue dada por el escritor e historiador escocés Tobias George Smollett (1721-1771) en su obra “The Expedition of Humphrey Clinker”: 
“...Imaginad una pequeña cabina o cámara de madera, montada sobre ruedas de carro, con una puerta en cada extremo y en cada lado una pequeña ventana superior con un banco debajo. El bañista, asciende a esta estancia a través de unas escaleras de madera, y tras encerrarse dentro, comienza a desvestirse mientras que el asistente engancha un caballo al extremo del bathing machine que mira hacia el mar y comienza a dirigirse hacia él, hasta que la superficie del agua esté al mismo nivel que el suelo de la cabina-vestidor. Entonces el encargado traslada y amarra al caballo al otro lado, de manera que el bañista, ataviado con su traje de baño, abre la puerta encontrándose el mar de cara, listo para zambullirse en él. Después de tomar el baño, asciende nuevamente a la cabina a través de las escaleras dispuestas para tal efecto, y mientras que el carromato regresa a tierra firme, vuelve a vestirse. En caso de que el bañista se encontrara debilitado o enfermo, podría llevar consigo un asistente dentro de la cabina que le ayudara a vestirse y desvestirse, al disponer de espacio de sobra para albergar hasta seis personas.

(...) Los encargados que asisten a las damas en el agua son de su mismo sexo. Tanto ellas como las bañistas visten un traje de franela para el mar, que se encarga de proteger el decoro. Un cierto número de las bathing machines están equipadas con una especie de toldos, dispuestos en la parte enfrentada al agua, que son desplegados para resguardar a la bañista de las miradas del resto de la gente. La playa es un lugar perfectamente adecuado para desarrollar esta práctica, pues su pendiente es suave y gradual hasta llegar al agua, y la arena suave como el terciopelo. Eso sí, estos artefactos solo pueden utilizarse en determinados momentos en que la marea lo permita; es por ello por lo que en ocasiones los bañistas se ven obligados a levantarse muy temprano para tomar su baño”.

Bathing Machines.  Fin de la segregación por sexos.
Así pues, las bathing machines presentaban por lo general un aspecto similar a una caseta sobre ruedas con techo a dos aguas. Algunas de ellas se construían con sólidas paredes de madera, mientras que otras se materializaban mediante lienzos de lona fijados a bastidores de madera (En ocasiones, la totalidad de su superficie era empleada para portar anuncios). En su interior, generalmente estaban equipadas con uno o dos bancos, una bata de franela y un par de toallas, y según el modelo disponían de aperturas en el techo para favorecer la entrada de luz. Era también usual que contaran con un banderín, que al ser izado por el bañista avisaba al encargado del final del baño y el consiguiente retorno a tierra firme. Solían disponerse amarradas a una barandilla o ancladas en la arena al comienzo de la playa, de manera que la gente formaba colas esperando su turno para montarse en ellas y tomar su baño. Con el paso de los años, y conforme la demanda fue aumentando, surgieron pequeñas construcciones o kioscos vinculados a estas zonas de espera donde los bañistas podían tomar el té, leer el periódico y charlar mientras aguardaban.
Bathing Machines.  Ilustración de la época, Brighton.
Los guías o asistentes fueron personajes esenciales dentro del protocolo y el ritual en que se convirtió el uso de las bathing machines. Solían ser mujeres y hombres de la localidad, cuya misión era ayudar y acompañar a los clientes al agua en sus inmersiones. Cuando el bañista salía de la cabina dispuesto a tomar el baño, los guías se aseguraban de que ésta estuviera lo sufcientemente profunda para poder zambullirse en las olas que venían de frente, y cuando el agua estaba en calma, les ayudaban a sumergir la cabeza en el mar mientras protegían la privacidad y la ausencia de otras miradas indiscretas en el caso de las mujeres. Si bien en sus comienzos las bathing machines estuvieron directamente vinculadas a las inmersiones de carácter terapéutico, la evolución posterior de estos baños en el mar como una actividad de ocio y esparcimiento propició que dichos artefactos se asociaran a las excursiones y estancias vacacionales de la alta burguesía en las zonas costeras, extendiéndose su uso.

Cuando los baños eran realizados por prescripción médica lo usualmente recetado eran tres inmersiones totales del cuerpo, siendo probable que esta cifra tuviera su origen en los primeros rituales de bautismo cristiano. Pero llegó un momento en que los motivos de salud se convirtieron en una excusa para poder disfrutar de los baños en el mar, y evidentemente, los bañistas realizaban más de tres inmersiones, prolongando así ampliamente estos momentos en el agua.

Posiblemente, la conversión en ocio de esta costumbre inicialmente médica fue la que condujese a la paulatina desaparición de los guías o asistentes. A medida que descendía el número de gente que acudía al mar por motivos terapéuticos, era menor la demanda de mujeres y hombres fuertes que asistieran a los bañistas débiles y enfermos.
Bathing Machines.  Amarradas en la orilla con marea alta.
Las bathing machines se mantuvieron en uso en las playas inglesas hasta !nales del siglo XIX, cuando comenzaron a estacionarse de manera permanente en la arena y a utilizarse como vestuarios o casetas fijas (beach huts) durante los siguientes años. Este tránsito desde un artefacto dinámico a un objeto estático y el declive en su uso fue provocado entre otros motivos por el fin de la segregación por sexos de las zonas de baño en Inglaterra a comienzos del siglo XX. Así pues, la evolución y los cambios en la sociedad inglesa cuestionaron la identidad de este artefacto, su concepción originaria y su signifcado como arquitectura móvil, provocando su paulatina y casi definitiva extinción o transformación en casetas de baño convencionales hacia el año 1920.

Caseta Real de Baños.  Y bathing machines tiradas por bueyes en San Sebastián.

Tal y como comentábamos anteriormente, el fenómeno de las bathing machines y los baños “ocio-terapéuticos” se extendió paulatinamente por otros países, y trascendió a las esferas sociales más elevadas, a la aristocracia e incluso a la realeza. Tal es el caso de España, donde hacia el año 1845 la reina Isabel II, afectada por herpes y recomendada por su médico para que tomara baños de mar, puso de moda esta práctica, concretamente en la costa de San Sebastián.

Como es habitual, la presencia de la reina trajo consigo a la corte y a numerosos miembros de la aristocracia, de tal manera que durante la época estival las playas de esta ciudad pasaron a estar muy concurridas por la familia real, aristócratas, políticos y diplomáticos europeos. Ello dio lugar a que, en 1887, la playa de la Concha adquiriese el título de Playa Real. El ritual de lo que aquí en España se denominó “baños de ola” se extendió también a otras zonas marítimas del Cantábrico como las playas de Santander o Biarritz, donde la presencia de las bathing machines tiradas generalmente por bueyes, avanzando o retrocediendo de la primera línea de playa en función de las mareas, transformó radicalmente el paisaje costero y la experiencia del acercamiento y disfrute del mar, en una suerte de proceso de “domesticación”, lectura y rastreo del territorio a través del acto procesional de estas arquitecturas móviles y el protocolo que “encerraban” en su interior.

Y sería precisamente gracias a la afición de la casa real cuando, en 1894, se construyó la Caseta Real de Baños de San Sebastián por encargo del rey Alfonso XIII, para uso y disfrute personal y de su familia. Esta magní!ca bathing machine, distando mucho de la escala y la estética relajada de los artefactos anteriormente vistos, se materializó literalmente como un auténtico palacete móvil de madera que se desplazaba sobre dos railes, “partiendo” así la playa por la mitad. Gracias a la fuerza de un motor de vapor (su tamaño descartaba automáticamente la posibilidad de emplear tracción animal), el dispositivo trasladaba al monarca, la reina, los infantes y su séquito desde la arena hasta el interior del mar, pudiendo así tomar su baño lejos de las miradas indiscretas.
Caseta Real de Baños.

Posiblemente uno de los aspectos más interesantes de las bathing machines fue su capacidad para ofrecer una nueva lectura de un territorio como la costa y la orilla del mar, convertida desde entonces en una suerte de palimpsesto donde se trazaban y superponían las trayectorias y las historias de estas arquitecturas móviles y sus usuarios, comenzando cada día casi desde cero, perdiendo parte de su memoria por el efecto de las mareas cuyas subidas y bajadas borran continuamente las huellas del día anterior.

Frente a la marea natural, las bathing machines se presentaron como una marea antropizada de artefactos que trajeron consigo la colonización de un territorio ambiguo como la orilla, a través del juego y la confrontación entre lo público y lo privado, la apropiación temporal y lo transitorio, convirtiéndola en un ámbito doméstico para el ocio y el disfrute, una extensión de la casa, una nueva estancia a incorporar.
Archigram.  Seaside bubbles.